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Por último, quiero agradecer a mi agente, Susan Rabiner, sus incansables expresiones de ánimo; a mi editor, Bob Bender, sus reflexivos comentarios; a Loretta Denner, su ayuda durante la corrección de pruebas; y a Johanna Li, su dedicación durante todo el proceso de producción de este libro.

Mi agradecimiento también para Jack Dunitz, Horace Freeland Judson, Matt Meselson, Evangelos Moudrianakis, Alex Rich, Jack Szostak y Jim Watson por conversaciones sobre química, biología y, especialmente, sobre el trabajo de Linus Pauling.

Con todo, las ciencias de la vida en general, y la investigación sobre el funcionamiento del cerebro humano en particular, están ganando velocidad, y ya no nos parece del todo inconcebible que algún día lleguemos a entender incluso por qué la evolución ha conducido hasta una especie consciente.

Aunque este libro trata de algunos de los más notables empeños por comprender la vida y el cosmos, se ocupa más del viaje que del destino.

Este error de atribución es, por cierto, una de las razones por las que pocas veces aprendemos de nuestros errores.

En todos los casos, por supuesto, nos damos cuenta de los errores solo después de cometerlos; de ahí la definición de Wilde como «experiencia».

Sin embargo, en el vigésimo noveno movimiento del primer encuentro, en una posición que parecía conducir a unas tablas, Fischer escogió un movimiento que incluso un ajedrecista aficionado habría rechazado instintivamente como un error.

Esta podría haber sido una manifestación típica de lo que se conoce como «ceguera ajedrecística», un error que en la literatura del juego se denota con «??

(En la mayoría de los campeonatos mundiales, es fácil que haya tantas tablas como victorias).